Lo que llamaron histeria

Imágenes que aún nos miran

Hubo un tiempo en que a muchas mujeres se las fotografiaba mientras lloraban.

En salas blancas de hospitales parisinos del siglo XIX, bajo la mirada clínica de médicos y estudiantes, algunas eran retratadas en pleno espasmo, con los brazos arqueados o el gesto suspendido entre el dolor y la ausencia. Las imágenes —conservadas en archivos como los de la Salpêtrière— pretendían documentar una enfermedad. Se llamaba histeria.

Aquellas fotografías, hoy inquietantes, no buscaban belleza ni relato. Buscaban prueba. Clasificación. Evidencia científica. Sin embargo, al observarlas desde la distancia, no vemos únicamente un diagnóstico: vemos cuerpos que sienten.

La histeria femenina

La palabra proviene del griego hystera, útero. Durante siglos se creyó que el cuerpo femenino, y en particular ese órgano invisible y simbólico, era el origen de múltiples desórdenes físicos y emocionales.

En el siglo XIX, la histeria femenina se convirtió en un diagnóstico frecuente. Sus síntomas eran tan amplios que casi cualquier forma de desajuste cabía en ellos: ansiedad, insomnio, tristeza persistente, irritabilidad, deseo sexual, apatía o rebeldía.

El neurólogo francés Jean-Martin Charcot la estudió sistemáticamente y realizaba demostraciones públicas con pacientes en el hospital de la Salpêtrière. Años más tarde, Sigmund Freud escribiría: “Los histéricos sufren principalmente de reminiscencias”. Aquellas palabras ayudaron a desplazar la mirada del útero a la memoria, del cuerpo al inconsciente. Pero la etiqueta permaneció.

Más que una simple categoría médica, la histeria femenina fue también un reflejo cultural de su tiempo. Una época atravesada por una idea concreta de feminidad: contenida, equilibrada, silenciosa. Todo lo que se saliera de ese contorno podía convertirse en síntoma.

Cuando la emoción se convierte en sospecha

¿Qué ocurre cuando la experiencia femenina incomoda?

Durante mucho tiempo, emociones intensas, deseos no domesticados o la negativa a encajar fueron interpretados como desórdenes. La medicina hablaba el lenguaje de su siglo, pero también lo hacía la sociedad. No siempre hubo intención de dañar; sí hubo estructuras que reducían lo complejo a lo clínico.

Hoy el término ha desaparecido de los manuales, pero no del todo del lenguaje cotidiano. Aún escuchamos, con aparente ligereza: “está histérica”, “está exagerando”, “está hormonal”. Como si la emoción femenina siguiera necesitando traducción o corrección.

Sin embargo, aquellas imágenes del XIX nos devuelven una pregunta más profunda:
¿y si muchas de aquellas mujeres no necesitaban ser diagnosticadas, sino escuchadas?

 

Recordar para resignificar

Revisar esta historia no es un gesto de acusación, sino de conciencia. No se trata de juzgar el pasado con la comodidad del presente, sino de comprender cómo se ha interpretado la complejidad de lo femenino a lo largo del tiempo.

La histeria no desapareció porque las mujeres dejaran de sentir. Desapareció porque la ciencia aprendió a nombrar de otra manera lo que antes no sabía comprender.

Quizá en demasiadas ocasiones se llamó histeria a lo que hoy reconoceríamos como agotamiento, frustración, deseo de autonomía o intensidad emocional. Tal vez fue el nombre equivocado para una energía que no encontraba lugar. La medicina abandonó el término, pero el imaginario colectivo no lo ha hecho del todo.

Recordar es una forma de dignificar.

Reconocernos es elevarnos

En alblanc hace ya muchos 8M que defendemos el “reconocernos es elevarnos”. Supongo que somos tan exigentes con nuestro género porque el mundo lo es con nosotras mismas. Querernos desde el amor absoluto a la feminidad y a toda su dimensión. Esta es y será nuestra salvación, nuestro refugio. Querernos no es un fin sino una dimensión social.

Esta semana es la excusa para reconocer de forma explícita la labor de cada una de las mujeres que integran nuestra vida. Nosotras nunca nos decimos lo bien que lo estamos haciendo.

Si hubo una época en que las mujeres fueron observadas, clasificadas y diagnosticadas, que esta sea la época en que nos miramos entre nosotras con otra intención. No para corregirnos, sino para reconocernos.

Porque reconocernos es elevarnos. Y elevarnos, juntas, es transformar la historia en conciencia.

*Imágenes recogidas de los archivos de la Salpêtrière, el gran escenario donde la histeria dejó de ser una idea difusa y se convirtió en espectáculo científico.

Querernos no es un fin sino una dimensión social.

Tulipanes morados